EL TEMA DEL COLOQUIO

En el contexto de crisis y restricciones, de malestar social generalizado y de cambios en los consensos básicos que constituyen la cultura legítima y sus definiciones, la sociología tiene mucho que decir. Las prácticas de producción y de consumo de productos culturales abren las puertas a una  demanda de análisis, diagnósticos y orientaciones que contribuyan a la comprensión y la acción. La aproximación sociológica más consolidada en la cultura popular occidental es la crítica a la “cultura de masas”. Aunque los conceptos de “sociedad de masas” y “cultura de masas” vienen de más lejos, no toman la importancia capital que tienen para el análisis de la cultura y la sociedad hasta los años treinta del siglo pasado, y no se consolidan hasta pasada la segunda Guerra Mundial. Intelectuales de la élite cultural norteamericana y europea retoman con fuerza la crítica, iniciada en el siglo XIX, que se basa en la percepción de un mundo moderno que ha diluido las instituciones sociales secundarias entre la masa de ciudadanos individuales y las estructuras centralizadas del poder. Miembros destacados de la Escuela de Frankfurt creen que el individuo, en la “sociedad de masas”, se ve alienado y aislado, siendo entonces susceptible de ser manipulado políticamente por el líder autoritario de turno y quedando asimismo culturalmente anulado por la maquinaria de la “industria cultural”. Coincidiendo con la consolidación de la sociedad de consumo, el debate se ha enriquecido con nuevas aportaciones y nuevas críticas a partir del referente definido por el análisis de la producción y el consumo cultural. Se deconstruyen conceptos como el del gusto, la estética o las preferencias culturales con Pierre Bourdieu, pero también con Raymond Williams, Richard Peterson o Harvey Molotch. Autores como Howard Becker reivindican la necesidad de recuperar y de innovar en la búsqueda de nuevas realidades culturales y artísticas que surgen de la amplia distribución de las herramientas digitales y tecnologías afines. El capital cultural resulta central como moneda de cambio en el mercado de trabajo; lo que lleva incluso a términos como el de capitalismo cognitivo (Vercellone, 2005). La progresiva individualización de las prácticas culturales lleva a una explosión de estilos de vida y de actividades artísticas. Los análisis micro de la vida cotidiana (Tia deNora, 2013) y las comparaciones internacionales de categorías conceptuales y de clasificación (Marion Fourcade, 2010) van más allá de las categorías clásicas de arte y cultura. No obstante, estas mismas autoras reivindican que no por ello las variables estructurales de clase, capital cultural, género, origen y edad dejan de ser cruciales en la constitución de un marco de posibilidades para los y las ciudadanas.

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